Dic 07

Lorenzo también es la historia

Para Lorenzo García constituye un honor haber sido ascendido a Comandante por Fidel Castro, «el hombre que le devolvió la dignidad al campesinado cubano». Foto: Cortesía del entrevistado
Para Lorenzo García constituye un honor haber sido ascendido a Comandante por Fidel Castro, «el hombre que le devolvió la dignidad al campesinado cubano». Foto: Cortesía del entrevistado

Fecha:

06/12/2017

Fuente:

Peródico Granma

Autor:

Después del combate en Alegría de Pío, el 5 de diciembre de 1956, la dispersión fue uno de los principales factores que condicionó, en lo adelante, la exposición de los expedicionarios del Granma a las más complejas situaciones. No obstante, la mayoría de los sobrevivientes mantuvo el curso hacia la Sierra Maestra, lugar que la capacidad previsora de Fidel había establecido para el reencuentro en caso de ocurrir una situación similar.

Enfrascados en la difícil travesía les fueron comunes el hambre, la sed, la persecución de los soldados batistianos y la incertidumbre de los destinos de sus compañeros. Pero, muy pronto, contaron con el apoyo incondicional de valerosos campesinos que vivían en la zona.

Por ese entonces, Lorenzo García Frías, con solo 19 años, fue una de esas personas de procedencia humilde que contribuyó a la seguridad y el bienestar de algunos expedicionarios. Vivir en El Plátano, porción montañosa del municipio granmense de Niquero, situada en las cercanías de playa Las Coloradas, fue la favorable coincidencia que le permitió ser testigo y protagonista en momentos decisivos.

Pero, no fue solo la proximidad geográfica a la hazaña del 2 de diciembre de 1956 lo que facilitó sus valiosas contribuciones. Por una parte, su abuelo materno, Bautista Frías Figueredo, era un intrépido mambí que había participado en la Guerra de los Diez Años y en la de 1895. Por otra, sus padres Elba Frías Gallardo y Adrián García Viltres, sabían muy bien de una Cuba sumida en la pobreza y en la que era necesario el cambio. De este modo, la estirpe familiar trajo consigo que Lorenzo se inclinara por las causas justas; las mismas que defendieron sus hermanos Domingo, Francisco y Guillermo, siendo este último el primer campesino en incorporarse al Ejército Rebelde.

***
Hombre sencillo, revolucionario, de familia ilustre… suficientes motivos para hacer posible el diálogo. Por eso, acudí a su casa una tarde de domingo con esmerada puntualidad.

Una vez en su hogar, las fotografías de Camilo, el Che y Fidel, contagiaban desde las paredes con sonrisas amplias. A ese optimismo me aferré cuando faltaba poco más de una hora para el momento preciso, pues Lorenzo García no estaba en casa.

Sin embargo, cada minuto de espera fue bien aprovechado. La esposa inmediatamente me acercó desde la intimidad familiar al hombre que la acompaña en la vida e insistió en que aceptara un exquisito dulce casero salido de sus manos.

El nieto –quien por un instante abandonó la conversación– regresó con unos álbumes gigantes llenos de imágenes. Hasta que, en la observación de los retratos, me sorprendió una mano extendida, la historia en 80 años de vida. Correspondí al saludo. Iniciamos la inmersión.

«Cuando se produce el combate en Alegría de Pío el 5 de diciembre, enseguida vino la alarma, el corre corre, los bombardeos, la aviación… Y como el padre mío pertenecía a la célula del 26 de Julio en la zona, organizó a todos los campesinos de allí, y por supuesto, a todos nosotros para que apoyáramos a los expedicionarios». Fueron las primeras palabras que ofreció el general de brigada retirado Lorenzo García sobre los sucesos de diciembre de 1956.

Tras una breve pausa, miró con detenimiento la grabadora y prosiguió: «del primer expedicionario que se tuvo noticias fue de Pablo Díaz González, al día siguiente del desparramo en Alegría de Pío. A Pablo lo resguardaron Alfredo Roca y Agustín Roca, amigos de la familia que tenían su casa aproximadamente a dos kilómetros de donde se produjo el combate. Después llegó el aviso a mi casa de que Pablo Díaz estaba con los Roca. Entonces, Guillermo fue a buscarlo y lo trajo para una casa muy cerca de donde vivíamos que era de nuestro tío Domingo Silo García».

En 1968 Lorenzo García es graduado del Curso Académico Superior por Fidel Castro.
Foto: Cortesía del entrevistado

Sobre este expedicionario enfatizó que «la mayor parte del tiempo permaneció en una maleza que estaba junto a un río, en la parte trasera de la casa de Silo García». Precisó, además, que al día siguiente –7 de diciembre– fue resguardado Arsenio García en el mismo lugar y que era estratégico mantenerlos, aunque cerca, fuera de las casas, «por si se aparecían por allí los soldados batistianos».

«A mí me correspondió ir por la noche a recoger a Pablo y a Arsenio a las orillas del río. Los recogí y los llevé para mi casa. De ahí, mi madre les hizo un fricasé de lechón, y les echó comida en una lata con tapa para que llevaran. La decisión de ambos fue continuar hacia la ciudad para desde allí ayudar a los expedicionarios», aseguró.

Para él son inolvidables esos recuerdos del primer contacto que tuvo con expedicionarios. Tampoco olvida su participación en la búsqueda del resto de los integrantes del grupo guerrillero y de las armas que estos habían dejado escondidas en diferentes lugares de la zona; mucho menos, el procedimiento seguido para la preservación del material de guerra recuperado.

«Mi hermano Guillermo –afirmó– encontró en poco tiempo algunas armas que llevaba para la casa. Después, las escondíamos entre las raíces de un jagüey que había cerca, donde las limpiábamos, engrasábamos y cuidábamos. No se me olvidan las veces que sentado en las raíces de aquel árbol, las limpié con un trapo y luz brillante».

Mientras todo esto sucedía, los grupos de Almeida, Raúl y Fidel, continuaban desplazándose hacia la Sierra. Ya para el 13 de diciembre, estos dos últimos pudieron contactar con una red campesina organizada por Celia y que tenía como misión principal orientarlos en aquel agreste lomerío.

«El segundo encuentro que tuve con expedicionarios fue en la casa de Genaro Rivera, en El Mamey, muy cerca de Pilón. Guillermo y yo pudimos hacer contacto allí con el grupo de Almeida. El Che tenía en ese momento un tiro a sedal en el cuello. Conversé con él y le pregunté si pensaba seguir en la lucha y me dijo que sí, que cuando se encontrara con Fidel seguiría en la batalla».

«Yo viré esa noche –continúa narrando– y al otro día por la mañana el campesino Rubén Tejera, que había trasladado al grupo de Fidel hasta la finca de Marcial Areviches, ubicada en Limoncito, le informó al padre mío lo sucedido. También le comentó que de los tres por los que estaba compuesto el grupo –Universo Sánchez, Faustino Pérez y el propio Fidel– había un hombre grande, muy alto, que tenía una estrella en la gorra. En ese momento la reacción del viejo fue: ¡ese es Fidel!».

Adrián García no pudo contenerse ante la noticia, por eso «preparó arroz con gallina y salió al mediodía, a toda prisa, y vestido de blanco, a visitarlos y llevarles comida». Cuenta Lorenzo que su padre logró conversar por más de tres horas con el «hombre de la estrella», y que ante la insistencia de Fidel en no revelarle su identidad y decir que era Alejandro González, dejó bien claro a través de una anécdota sobre Antonio Maceo, la connotación de la estrella como símbolo de liderazgo.

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La noche se abalanzó sobre la capital cubana. El diálogo con el testigo de múltiples acontecimientos históricos había superado toda expectativa. Pero el también protagonista no dejó que me marchara sin conocer «su tesoro». «Espera un momento» –dijo– y mientras se dirigía a una habitación, adelantó que la reliquia estaba relacionada con Fidel, a quien tuvo más cerca después de que se unió al Ejército Rebelde en septiembre de 1957.

Al regreso comunicó: «en la guerra: cuando tú ibas a un combate, él te decía lo que tú tenías que hacer, ¡fíjate!, y si tú hacías lo que él decía tenías éxito; si no lo hacías, si violabas algo, fracasabas». Después, puso en mis manos un ejemplar de La contraofensiva estratégica, y señaló la primera página para esclarecer por qué lo llamaba así. El libro, con las letras y la firma inconfundible del autor, guarda una dedicatoria: «Para el G. D. (general de división*) Lorenzo García Frías, con afecto, y especial afecto a su inteligente padre, el primer día que me encontré con él».

Pude leer entonces palabras de sentido agradecimiento. No solo para Lorenzo y Adrián –a quien distinguió como una suerte en su camino– sino también para todos los campesinos que escribieron con sangre y amor, decisivas páginas de nuestra historia patria.

 

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